Cuando un practicante de Ving Tsun intenta intercambiar golpes con un boxeador o un kickboxer experimentado, puede encontrarse en una situación para la que apenas se ha preparado. El otro sabe manejar esa distancia, cambia el ritmo, continúa después de la primera acción y mantiene la iniciativa mientras nuestro practicante intenta reconocer una oportunidad familiar. Ahí aparece una explicación concreta del problema: estamos pidiendo a una preparación que responda a las exigencias de otra sin haber desarrollado suficientemente las capacidades que ese encuentro requiere. Eso puede explicar un fracaso; afirmar que el Ving Tsun nunca funciona exigiría mucho más que observar unos cuantos enfrentamientos.
Mi planteamiento es que debemos mirar conjuntamente la finalidad del sistema, la preparación que recibe el alumno y la persona que decide practicarlo. Podemos dedicar años a formas, aplicaciones y Chi Sao y acumular poca experiencia frente a alguien que se mueve libremente e intenta impedir nuestras acciones. También podemos utilizar el sparring con tanta atención al resultado del asalto que terminemos orientando toda la enseñanza hacia ese objetivo. En ambos casos conviene preguntarnos qué estamos preparando. Si queremos competir, tendremos que asumir las exigencias de la competición. Si nuestro propósito es la protección personal, deberemos organizar el entrenamiento alrededor de los problemas que plantea esa finalidad, incluyendo una oposición que permita descubrir nuestras carencias.
Recuerdo la advertencia de Chan Chee Man: «Cuidado con no perder su finalidad, la pelea en la calle». Esa referencia guía mi manera de entender el Ving Tsun. Hablo de poder responder a un enfrentamiento real, donde quizá no hemos elegido participar ni disponemos de una distancia cómoda para empezar. La finalidad que defiendo es protegernos, recuperar capacidad de acción y encontrar una oportunidad para salir. La entrada, el control del equilibrio y la continuidad deben estar al servicio de esa necesidad. Esta es la interpretación que propongo desde mi práctica; existen escuelas y practicantes con otras prioridades, incluidas las deportivas.
La diferencia se ve con claridad al pensar en cuándo termina la tarea. En un combate deportivo, ambos aceptan continuar bajo unas reglas hasta que se produce el final previsto. En una situación de protección personal, poder alejarnos puede resolver nuestra necesidad aunque no hayamos impuesto ninguna superioridad. Si el ejercicio nos obliga siempre a permanecer delante del compañero e intercambiar, estaremos practicando unas decisiones y dejando otras fuera. Por eso el Ving Tsun debería prestar atención al comienzo del conflicto, a la distancia corta cuando aparece y a la posibilidad de romper el contacto y salir. Buscar una resolución breve expresa una intención; no garantiza que podamos conseguirla en tres, diez o quince segundos.
Esa finalidad explica qué queremos desarrollar, pero no nos concede una ventaja automática frente a alguien entrenado. Un deportista de contacto también puede ser rápido, decidido y capaz de actuar a corta distancia. Si un practicante de Ving Tsun pierde el equilibrio al acercarse o se bloquea cuando recibe presión, esas dificultades seguirán siendo relevantes fuera del gimnasio. Tampoco hay razón para suponer que una persona agresiva carecerá de preparación deportiva. Por tanto, la referencia a la calle debe aumentar nuestra exigencia al comprobar lo que hacemos. Necesitamos saber qué podemos sostener frente a resistencia y dónde dependemos todavía de una colaboración que quizá no tendremos.
Aquí entra un aspecto que considero importante: qué busca cada persona cuando elige una escuela. Alguien puede acercarse al Ving Tsun porque quiere sentirse más seguro, porque le interesa su técnica o porque busca una práctica que pueda integrar en su vida sin competir. Puede incluso acudir precisamente porque el enfrentamiento le produce inseguridad. Otra persona puede escoger un gimnasio de boxeo porque disfruta midiéndose, quiere hacer sparring y tiene interés en competir. Son perfiles posibles, presentes también dentro de una misma disciplina. Compararlos como si solo cambiara el estilo deja fuera diferencias de motivación que pueden influir mucho en el tipo de práctica que cada uno acepta y busca.
Hay personas a las que les gusta el intercambio físico, la oposición y el reto de imponerse dentro de unas condiciones acordadas. Esa disposición puede llevarlas a repetir experiencias que otra persona evita: entrenar con compañeros distintos, sostener la atención cuando no domina la situación o volver a intentarlo después de fallar. Cuando esos hábitos se acumulan, el encuentro entre ambos refleja algo más que un repertorio de técnicas. Conviene, sin embargo, precisar qué entendemos por «gustarles la pelea». Disfrutar del combate deportivo no significa buscar conflictos fuera del gimnasio. La voluntad de competir, la familiaridad con el contacto y la agresividad en la vida cotidiana son cuestiones diferentes.
Tampoco podemos atribuir un único carácter a quienes practican deportes de contacto. Un estudio con 228 practicantes de jiu-jitsu brasileño encontró que el disfrute, el desarrollo de competencia y la condición física tenían un peso relativamente alto entre las motivaciones evaluadas. El trabajo no compara Ving Tsun con boxeo ni estudia quién disfruta de la violencia; muestra que incluso dentro de un deporte de combate conviven distintos motivos para entrenar. Mi propuesta es considerar la motivación de las personas que tenemos delante, en lugar de deducirla de su disciplina. Fuente: Tarver y Levy, 2023.
Para una escuela de Ving Tsun orientada a la protección personal, esto plantea una responsabilidad concreta. Si un alumno llega con miedo al conflicto, conocer más movimientos puede no ser suficiente para ayudarle a decidir bajo presión. Habrá que introducir de forma progresiva situaciones en las que el compañero ofrezca oposición, manteniendo control y confianza. Convertir la clase en una selección de quienes ya toleran mejor el contacto dejaría sin atender a parte del alumnado. Pero protegerlo indefinidamente de cualquier incertidumbre también limitaría su preparación. La tarea del instructor consiste en graduar esa dificultad y comprobar avances, sin prometer que una explicación técnica eliminará por sí sola la inseguridad.
En el plano técnico, una de las dificultades más claras aparece al intentar llevar el encuentro a nuestra distancia. Si el practicante se siente cómodo con los antebrazos en contacto, pero su compañero se desplaza, retira las manos y evita establecer esa relación, buena parte de lo que domina puede quedar sin ocasión de utilizarse. El boxeador no tiene ninguna obligación de ofrecer el contacto que esperamos. La sensibilidad adquirida en Chi Sao puede formar parte de nuestra preparación, pero necesitamos comprobar cómo accedemos a esa situación y qué hacemos si desaparece. Perseguir las manos o avanzar sin atender al desplazamiento del otro puede dejar el cuerpo mal colocado antes de que logremos aplicar aquello que queríamos probar.
Otra dificultad está en la continuidad. Una aplicación de clase puede terminar tras nuestra respuesta, mientras que un compañero con experiencia sigue activo, cambia de posición y vuelve a actuar. Si hemos dado por hecho que la primera acción resolverá el problema, esa continuación puede desorganizarnos. En el enfoque de Ving Tsun que defiendo interesa actuar con decisión y evitar que el enfrentamiento se prolongue innecesariamente, pero esa intención necesita una segunda parte: poder reorganizarnos cuando el primer intento no basta. La capacidad de responder ante un fallo merece tanta atención como la ejecución que sale bien en condiciones conocidas.
También conviene reconocer el trabajo físico que exige el encuentro. Si una persona practica de manera recreativa y otra se prepara con frecuencia para competir, pueden existir diferencias de ritmo, fuerza, resistencia y experiencia difíciles de compensar mediante conocimiento técnico. Los años de asistencia a clase no indican por sí solos cuánta preparación útil se ha acumulado para esa tarea. Decir que el Ving Tsun busca la economía de movimiento no elimina la necesidad de disponer de capacidad física. Precisamente cuando otra persona dificulta lo que intentamos hacer, necesitamos conservar una postura útil y seguir decidiendo sin depender de que todo salga a la primera.
Las reglas añaden otra diferencia, aunque su efecto debe explicarse con precisión. Un encuentro limitado al boxeo favorece la preparación específica para sus recursos permitidos; uno de kickboxing plantea otras posibilidades. Los guantes y las restricciones pueden modificar cómo se realiza un control o qué acciones están disponibles. Eso condiciona la comparación, pero no demuestra que las herramientas excluidas cambiarían el resultado. Si no conseguimos manejar la distancia ni protegernos ante acciones permitidas, debemos revisar esa dificultad. Apelar a técnicas demasiado peligrosas para practicarlas no permite comprobar que sabríamos aplicarlas bajo la misma presión que nos está desbordando.
Por eso creo que el Ving Tsun debería concentrarse en desarrollar una respuesta coherente con su finalidad: percibir que una situación se está complicando, proteger el espacio propio y actuar si resulta necesario para abrir una oportunidad de salida. Cuando el contacto ya existe, trabajar el equilibrio, la orientación y la capacidad de continuar sin quedar fijados a una sola acción. Cuando todavía podemos alejarnos, reconocerlo. El entrenamiento debe incluir esas decisiones y dar valor a su resultado. Un alumno que encuentra una salida segura ha resuelto una tarea de protección personal, aunque ese desenlace no tenga interés como demostración de superioridad entre estilos.
Podemos trabajar esa orientación mediante situaciones breves, con límites claros y un compañero que tenga opciones reales. Por ejemplo, comenzar a distancia de conversación y señalar una salida, de modo que la tarea incluya reconocer cuándo está disponible. En otras repeticiones, el compañero puede impedir la primera opción dentro de unas condiciones acordadas, obligando a reorganizarse. Conviene variar el inicio, introducir desplazamiento y permitir que la acción continúe lo suficiente para descubrir errores. La brevedad sirve para revisar decisiones; detener el ejercicio siempre después de nuestra respuesta podría ocultar precisamente lo que necesitamos aprender. La intensidad debe permitir control, supervisión y una interrupción inmediata cuando sea necesaria.
El sparring deportivo puede aportar una comprobación complementaria. Permite encontrarnos con ritmos diferentes y observar qué ocurre cuando otra persona mantiene su intención durante el intercambio.. Aprovechar estos recursos tiene sentido si después relacionamos lo aprendido con nuestro objetivo. Podemos mejorar la distancia y la calma ante la oposición y dedicar otro bloque a reconocer una salida, en lugar de convertir todas las sesiones en una preparación para ganar asaltos.
La respuesta a la pregunta del título depende, por tanto, de qué encontramos en el caso concreto: una persona mejor preparada para ese intercambio, una diferencia de disposición ante el contacto, recursos que no aparecen a la distancia disponible o un método que ha dejado demasiadas decisiones sin practicar. Reconocerlo permite enfocar el Ving Tsun con mayor claridad. Su finalidad, tal como la entiendo, exige que el alumno pueda protegerse y actuar bajo oposición, con criterio para terminar el contacto cuando tenga ocasión. En la próxima sesión convendría comprobar si aquello que corregimos le acerca a esa capacidad o simplemente le ayuda a repetir mejor una situación que ya conoce.
