Hay una fuerza tranquila en aprender a moverse con intención en un mundo que corre sin freno. Como persona altamente sensible, durante años he sentido que el mundo me gritaba mientras yo solo quería escucharlo. En medio del ruido, de la prisa, del juicio ajeno y de la exigencia constante, encontré un refugio inesperado: el combate. O mejor dicho, el arte de no pelear innecesariamente.
Ser PAS en un mundo que no para
Ser una Persona Altamente Sensible (PAS) no es un defecto. Es una forma intensa, profunda y muchas veces agotadora de estar en el mundo. Percibo más de lo que me gustaría: el tono oculto de una frase, la vibración de una sala cargada de tensión, los matices de una emoción que otros ni siquiera detectan. Eso, combinado con la vida moderna –tráfico, ruido, pantallas, presiones laborales– crea un cóctel diario difícil de digerir.
Hubo días en los que llegaba a casa tan saturado que no podía ni hablar. Solo necesitaba silencio, soledad y espacio para volver a mí. El problema era que apenas tenía tiempo para eso. El trabajo, la familia, los compromisos… Y en medio de todo eso, las artes marciales.
El Dojo Interior: del combate al autoconocimiento
Comencé a practicar artes marciales hace más de 30 años, y lo que empezó como una búsqueda de eficacia terminó siendo un camino de autoconocimiento. El Ving Tsun me enseñó a no ir nunca por más de lo necesario. El Judo me mostró cómo la entrega y la fluidez pueden vencer a la rigidez. El BJJ me empujó a estar cómodo en el caos, incluso cuando el cuerpo está atrapado.
Cada arte me ha revelado un aspecto de mí que no conocía. No entreno solo para defenderme del otro, entreno para no traicionarme a mí mismo. El verdadero combate no está en el puño que viene hacia ti, sino en tu reacción interior ante él. ¿Respondes o reaccionas? ¿Estás presente o estás huyendo?
La filosofía como refugio y como espada
En este camino, la filosofía ha sido tanto refugio como espada. El estoicismo me ha enseñado que no puedo controlar lo que me pasa, pero sí cómo respondo. Que aceptar el presente no es resignación, sino sabiduría. Frases como «ama el destino» o «no te perturba lo que sucede, sino tu juicio sobre ello», se han convertido en mantras diarios.
Por otro lado, el Advaita Vedanta me llevó más profundo. ¿Y si no soy mis emociones? ¿Y si no soy mis pensamientos? ¿Y si solo soy la consciencia que observa todo eso? Esa comprensión me ayudó a desidentificarme del ego, a no tomarme tan en serio, a reírme incluso de mi propio drama.
Abrir para limpiar: sanar a través del cuerpo
En los últimos años trabajé con una terapeuta del Método SOMA. Descubrí que el cuerpo guarda más que tensiones musculares: guarda memorias. Bloqueos antiguos, emociones atrapadas desde la infancia, viejos miedos… Todo eso sale cuando uno se permite abrir para limpiar. Repetir esa frase fue como abrir una ventana en una habitación cerrada durante décadas. Entró aire, y también salieron cosas que no recordaba que estaban ahí.
Esto me conectó con algo que siempre había sentido: el cuerpo no miente. Cuando callas con palabras, él habla con síntomas. Cuando no escuchas tus emociones, ellas gritan a través del dolor. Hoy, entrenar ya no es solo técnica: es también una forma de sanar.
Hacia una vida más lenta, más sabia, más auténtica
Con los años, he aprendido que lo más difícil no es luchar, sino parar. Detenerse. Escuchar. Sentir sin querer controlar. Por eso he decidido aplicar el movimiento slow a mi vida: en la comida, en las conversaciones, en el trabajo, incluso en el combate. No quiero llegar antes. Quiero llegar mejor.
Sueño con una vida más en contacto con la naturaleza. Viajar en autocaravana, enseñar desde la experiencia, escribir sin prisa, practicar con intención. Menos estímulos, más sentido. Menos palabras, más presencia. Menos ego, más verdad.
Este es el camino silencioso: un camino que no necesita gritar para ser profundo. Un camino en el que cada paso cuenta, porque no estás huyendo de ti, sino volviendo a casa.
